jueves, 20 de marzo de 2014

UN HOMBRE DE ORACIÓN: SAN JERÓNIMO EMILIANI (8)



7.- Orar es tender la mano a Dios en actitud suplicante

"¿Qué padre, entre vosotros, si su hijo le pide pan, le dará una piedra, o si le pide un pez le dará una serpiente, o si le pide un huevo le dará un escorpión? Pues si vosotros, siendo malos, dais a vuestros hijos cosas buenas, ¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a quienes se lo pidan!" (Lc 11, 11-13).

Orar es pedir. Pedir con confianza y con humildad.

"Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá" (Lc 11, 9).

La verdadera oración hace que sintamos a Dios como Padre y que, por eso, tendamos nuestras manos hacia él, para pedirle todo aquello que necesitamos, lo mismo que el pobre tiende la mano al rico.

San Jerónimo se siente, a menudo, como el pobre que tiende la mano a Dios. Necesita colaboradores que lo ayuden en el servicio a los huérfanos: "Pidamos al Padre que mande obreros...".
A un amigo suyo que se muestra bastante reacio a la acción santificadora de la gracia de Dios, la cual le está exigiendo la total entrega de sí mismo, le escribe: "Pedid a Dios que os haga la gracia de poder conocer bien su voluntad; pues parece que él quiere algo de vos, mas tal vez vos no os queráis enterar". Es Dios mismo quien desbarata nuestros planes. Y sólo la oración nos dispone para acoger los suyos con total apertura, incluso cuando éstos exigen una entrega incondicional.

La oración de impetración no permite que nos presentemos solos ante el Señor. Al igual que Cristo, que se presentaba ante el Padre y le hablaba amorosamente de todos los que habían creído en él –"Padre mío, te ruego por aquellos que me has confiado"–; y durante la oración seguía recordando a los suyos y sus dificultades futuras –Marcos 6, 46-48–, San Jerónimo, cuando reza, también hace que desfile por su mente una larga lista de nombres: amigos, benefactores, seres queridos… Sirvan de muestra algunos párrafos de la súplica afectuosa, compuesta por él, que tiene la cadencia de una larga letanía:
"Por todos nuestros Padres sacerdotes, presentes y ausentes; por aquellos que aún han de entrar a formar parte de esta Obra.
Por todos estos hermanos nuestros a los que hemos sido llamados a servir: que el Señor nos conceda servirlos en perfecta caridad y con grandísima humildad y paciencia.
Por todos cuantos colaboran con nuestra Obra, aconsejándonos y socorriéndonos.
Por los que se encomiendan a nuestras oraciones y por cuantos rezan a Dios por nosotros.
Por aquellos por los que tenemos la obligación de rezar; por nuestros amigos y por nuestros enemigos.
Por todos los fieles difuntos.
Por nuestros padres, hermanos y hermanas; por nuestros familiares y amigos…"
¡Nadie se escapa de esta entrañable lista!
Querer de verdad a alguien significa encomendarlo a Dios.

Jerónimo Emiliani cree profundamente en la "comunión de los santos": cree que, por esa misteriosa circulación de la vida divina, el beneficio de la oración alcanza puntualmente a todos aquellos por los que rezamos: "No dejamos de recordaros en nuestras oraciones"; o: "Rogad a Dios por mí". Del mismo modo actuaba Moisés cuando, en el monte, suplicaba a Dios por su pueblo. La actitud de Moisés rezando en el monte –Éxodo 17, 11–con los brazos extendidos, ejerce un atractivo especial sobre San Jerónimo. En una carta a sus compañeros alude con toda claridad a este pasaje bíblico de Moisés, que, con los brazos levantados, intercede por su pueblo, mientras éste combate contra los enemigos del Señor. Esto es lo que escribe: "Mi alejamiento es sólo aparente, pues jamás dejo de recordaros en mis oraciones. Y aunque no estoy con vosotros el campo de batalla, oigo el estruendo de la pelea y alzo mis brazos en oración cuanto puedo".

También Jesús suplicó al Padre por su amigo muerto, Lázaro, al que quería con todo el corazón. Y en la Cruz, pidió por los que lo crucificaban.

Padre Mario Vacca, crs

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